Sobre la televisión basura

La televisión basura es un concepto relativo porque lo que es basura para mí no es necesariamente basura para ti, y el Estado no debe meterse en los gustos y preferencias de la gente. Además, si no te gusta lo que ves, ¿para qué lo ves? Apaga el televisor y punto, en vez de participar en marchas figuretis de pulpines snobs.”

He tratado de resumir en un párrafo –y no fue nada difícil hacerlo– un post de Óscar Súmar llamado “Marcha contra la “TV Basura”: Yo también quiero ser un Pulpín snob” publicado en el Diario Gestión, en donde también escribo. Lo más preocupante de estos argumentos (del argumento, en realidad) es la ignorancia total que se tiene sobre el rol de los medios de comunicación en una sociedad, la participación del Estado en la gestión del espectro radioeléctrico, y el doble filo del rating.

¿La basura es relativa?

Los gustos y preferencias de una persona son relativas, pero nos sorprendería la coincidencia tácita sobre lo que significa basura para una sociedad. La basura es todo lo que se considera desechable y desperdiciable, lo que podemos botar, dejar de tener cerca nuestro y cuya ausencia no nos genera ningún desbalance (más bien alivio). Para no vivir en el relativismo, las sociedades han creado reglas, algunas son normas sociales y otras legales, un principio básico que da origen a una profesión como la de un abogado.

En ese sentido, la libertad de transmitir contenidos –basura para algunos y para otros no– tiene, en una primera instancia, las limitaciones ya especificadas en la Constitución y en pactos internacionales: el ejercicio del derecho a la libertad de expresión “entraña deberes y responsabilidades especiales y por lo tanto pueden estar sujetas a restricciones establecidas por ley y que sean necesarias para: a) Asegurar el respeto a los derechos o reputación de los demás; b) La protección de la seguridad nacional, el orden público o la salud o moral pública”.

Así, siendo difícil establecer parámetros sobre qué contenido debe difundirse en una sociedad, en el Perú y en otros países en el mundo prefieren determinar lo que no debería transmitirse o dejar que los propios medios lo definan bajo ciertos parámetros. Ahí viene lo interesante.

¿Qué?¿Tienen un código de ética que cumplir?

A diferencia de la televisión por cable, los medios impresos o los contenidos en Internet, la radio y televisión utilizan un bien público: el espectro radioeléctrico. Esto hace que el Estado tenga una responsabilidad directa en establecer criterios sobre quién debería usar este bien público (limitado por cierto) y quién no. ¿Cuáles son esos criterios? Entre los técnicos y operacionales, se encuentran dos muy importantes: el horario familiar y el código de ética.

La Ley de Radio y Televisión dice lo siguiente: “La programación que se transmita en el horario familiar (06:00 y 22:00) debe evitar los contenidos violentos, obscenos o de otra índole, que puedan afectar los valores inherentes a la familia, los niños y adolescentes”. Asimismo, señala que deben contar con un código de ética donde incluyan disposiciones relativas, por ejemplo, a sus mecanismos de autorregulación. Si tienen interés en el código de ética presentado por Frecuencia Latina, América Televisión y ATV, aquí está.

Más allá de tildar programas específicos como basura o no, hay normas que cumplir, las más generales establecidas por el Estado y las más específicas establecidas incluso por los propios medios de comunicación.

¿Cumplen con el código de ética?

Solo contacten a la Asociación Valores Humanos para que les cuenten las innumerables veces que los medios no han cumplido con los plazos establecidos cuando se han quejado por los programas de televisión. Más allá de que uno esté de acuerdo o no con el motivo de sus quejas, los plazos incumplidos ha sido por años la mejor herramienta de los medios de comunicación –y del Estado– para mecer las quejas.

Sí, antes de esta marcha, hay todo un historial de quejas formales que en su mayoría se entrampan en la burocracia empresarial y estatal. Como ejemplo mi queja que –lo leen bien– duró siete meses en la Sociedad Nacional de Radio y Televisión (cuando el programa ya no se emitía), y, luego de seguir el procedimiento formal, hoy debe estar descansando en un gabinete del Ministerio de Transportes y Comunicaciones. Mi queja la presenté en setiembre de 2012. Saquen cuentas.

¿La solución es apagar el televisor?

“Pero si tiene rating, es lo que a la gente le gusta”, “si no te gusta apaga el televisor y listo”. Estas frases no solo demuestran una dejadez por el interés social, sino que conllevan a conclusiones facilistas y hasta falaces. El primer punto es que la responsabilidad de tener que apagar el televisor a causa de contenidos basura no debe recaer en el televidente, sino sobre todo en quien lo genera. La responsabilidad la tiene quien tiene un título profesional, de quien ejerce el mayor nivel de influencia. Nos lo dice el sentido común, la educación profesional, y la Constitución.

En algún post recordaba lo que dijo Javier Darío Restrepo al respecto: “Hay un periodismo de inferior calidad que se limita a dar respuesta a los sentidos de la vista y del oido. Muestra y deja oir; por tanto sirve a las sensaciones y por eso se llama sensacionalista. Sólo tiene en cuenta una parte del ser humano: sus sentidos. Este periodismo está atento a satisfacer la curiosidad y el morbo de las personas, se desvive por entretenerlas y es tan efímero como cualquier sensación que desaparece y es olvidada en el momento en que llega otra sensación.”

Apagar el televisor cuando hay contenidos basura y prender los canales chéveres del cable es como cerrar la puerta de tu casa cuando hay mal olor en el ambiente y prender el aire acondicionado aromatizado. La única diferencia entre nuestra casa y nuestro país es que el primero es nuestro hogar privado y el segundo, nuestro hogar público.

787
Shares